Al otro lado del cristal no irradia el sol,
ni la lluvia cae sobre un suelo ya mojado.
Tampoco se ve gente rondar las aceras.
Las aves no circundan en vuelo la copa de unos árboles
que miran tristes y vahídos el suelo que los sostiene.
No tengo hambre, ni sed, ni viento dentro de mí.
Tengo el vacío, el ansia, el estómago lleno de tu ausencia,
el impermeable recuerdo de tu mediana despedida
que no me deja llorara gusto ni en paz.
Tengo un espejo que no sabe reflejar tus pestañas.
Tengo un palpitar entrecortado y tengo también
el antojo de versar sobre la maravillosa forma que tienes
de negar mis labios sobre los tuyos, mi piel sobre tu piel,
mis ojos cansados sobres tus vivos ojos.
No te conozco, amor,
no te conozco dentro ni fuera de mí.
No te conozco lo suficiente como para no amar la cima
de tu esencia, el iceberg de tu energía que me impulsa
a recordarte en blanco y negro con símbolos que quieren darte algo
vital para tu espíritu.
Pensaste que todo lo real era mucho más simple y modesto,
pero llegué yo con mi complicada forma de amar el mundo
y tú quisiste amarlo del mismo modo.
A fecha de hoy no sabes cómo seguir ese camino que te marco.
Y al final todos los pasos de voluntades que vamos dando
se quedan en la misma calle dónde no irradia el sol,
ni llueve sobre mojado, ni las gentes pasan por las aceras
a través de un cristal sobre el que dibujo,
con el vaho del aliento que me aún me queda,
con el tuyo y con el mío.

Me encanta....